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Verano tardío



Que en la Feria del libro compres (aunque luego te regalen) una novela de mediados del Siglo XIX (para los de la ESO: equis, palito, equis equivale a diecinueve en números romanos) no es algo del todo frecuente. Eso mimso me ha pasado este año y fue un acierto. “Verano tardío” de Adalbert Stifter, de la editorial Pre-textos, es una auténtica maravilla.


Antes de “Verano tardío” sólo había leído “El sendero en el bosque”, gracias a la recomendación de Marisa (ains, La Regenta; os queremos). Para mi hermana, hace unos cuatro o cinco años; un detalle por algún arreglo textil de casa, imagino. En casa de la hermanísima, la novela pasó a formar parte del caos apilado de su biblioteca. Sin pena ni gloria. O eso pensaba yo. Hasta que un día, hará un año, estando en su marquesado y con ganas de meterme con su desorden librero, le pregunté si ya había leído “El sendero en el bosque”. Sorpresa. Sí. Le había gustado y ya empezaba a entrar en detalles sobre la relación del protagonista con la naturaleza antes de que la cortase. Me llevé el libro, lo leí y también me gustó (algo normal, tratándose de Impedimenta), incluyendo el protagonismo que concede a la naturaleza. Así que nota mental: leer algo más de Stifter. Y la ocasión llegó en un paseo por la Feria del libro.

“Verano tardío” es una novela de apariencia sencilla. Siendo francos, lo que más impone de su apariencia no es la sencillez, sino las casi novecientas páginas del tocho. A quien no le gusten las novelas largas y lentas, que no se atreva con ésta (ya está avisado). A mí, personalmente, me parece que el tamaño no importa (tratándose de cuestiones literarias; en otros temas, a ver…) y que si la historia es buena y necesita espacio, hay que dárselo.

La sencillez formal se percibe principalmente debido a una estructura de cánones muy clásicos (ni rastro del romanticismo de la época), una escritura muy sencilla (muy buena la labor de traducción), que, además, se refuerza con la escasez de personajes (menos de diez) y con el juego de evitar los nombres de los dos protagonistas principales de la trama hasta las últimas cien páginas (sí se cita a von Risach en alguna ocasión en la primera parte, pero de Heinrich no conocemos su nombre hasta casi el final). Por evitar se evita mencionar que la ciudad: Viena, según la contraportada.

Tal vez ese marco de sencillez permita a “Verano tardío” simbolizar también la búsqueda del propio ser, el perfeccionamiento de uno mismo, como algo sencillo, como una evolución natural. Podría ser. Evolución natural, en parte; al mismo tiempo que es convenientemente guiada. Porque tanto en el caso de Gustav (de forma expresa, von Risach es su preceptor, lo que podría verse como la formación precisa en la infancia y juventud), como en el de Heinrich (más sutil, no formativo; el desarrollo personal y no sólo gracias a von Risach, Eustach, Mathilde, su padre, sino también por el efecto de la montaña, omnipresente), se da un proceso de aprendizaje del ser humano, en particular de sus bondades y virtudes. Podría ser.

La práctica ausencia de los nombres de los protagonistas también podría pretender dotar de carácter universal a la novela. Algo que también tiene sentido si se considera la sucesión (casi diría el círculo virtuoso) entre von Risach, el mejorado Heinrich y, un paso por detrás, a la siguiente generación, a Gustav (en formación aún). Un círculo muy bonito y logrado, en mi opinión.

Resulta fabuloso el doble diálogo (en la práctica monólogo), entre von Risach y Heinrich, en los que el barón explica su experiencia y los motivos que le llevan a ser la figura magnética que es durante toda la novela y su relación con Mathilde y Nathalie. Relato en el que se ponen de manifiesto los paralelismos y las contraposiciones entre las historias von Risach-Matilde y Heinrich-Nathalie. Es una historia deliciosa y toda una lección de cómo decir las cosas sin decir nada. Como son fantásticos la mayoría de diálogos (infrecuentes, no es su fuerte) y reflexiones que tiene el personaje principal o sus interlocutores. Reconozco que algunas reflexiones sobre ideales artísticos se me pudieron hacer algo extensos. Una tara menor (más mía que de la novela).

Se puede decir que la acción es lenta. Muy lenta. En una cincuentena de páginas puede que sólo se describa un paisaje de montaña, el glaciar del Simmi, parte de la Casa de las rosas, la ninfa del Sternenhof o algún otro elemento decorativo. Ahora bien, esas descripciones profusas proporcionan el envoltorio perfecto para colar unos sentimientos y unas reflexiones muy intensos, que el autor va deslizando poco a poco y con los que, al menos en mi caso, logra dejar una sensación optimista, positiva; fondo y forma van de la mano y, página a página, Stifter ensalza valores en ámbitos muy diversos: desde el arte, a las personas; valores universales y que siguen vigentes ciento cincuenta años después.

Una “pequeña” joya de novecientas páginas a la que sólo podría la objeción de su precio (por encima de los cuarenta euros, casi cincuenta), lo que justifica que sea una buena opción para pedir como regalo.


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