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9 de marzo de 2015

Acorralado

Seguro que te estás preguntando qué fue del estreno de la camisa rosa. Seguro, que nos conocemos. Sobre eso venía a escribir ahora pero... 

Elegante a la par que rosa
Camisa rosa con elegante corbata a rayas, un acierto
Pero hay una noticia de última hora.

¡Una serie de sucesos paranormales se han adueñado de mi casa este fin de semana!

Como lo lees, Maríaeduvigis.

Era de esperar, la verdad. Con lo mucho que le gusta al AMQP el Cuarto Milenio ese era cuestión de tiempo que los espíritus del más allá vinieran a manifestarse aquí. ¡Con lo bien que se manifiesta uno en la Puerta del Sol, leche! Pues no, porque al AMQP le pirra dejar la tele puesta para dormirse con Cuarto Milenio de fondo. A mí, como que me repele ver la tele en la cama y menos dormir con la tele puesta. Pero la semana tiene siete días, así que toca ceder algunos días, que otros ya cede él. Así que mientras el AMQP duerme plácidamente y ronca como un dinosaurio, uno, que querría estar dormido, escucha de fondo cómo convocan a los demonios, fantasmas y demás fauna de otros mundos.


Carmen Porter e Iker Jiménez
Con minifalda y a cazar demonios, cahti
Tanto ver Embrujadas que lo raro era no tener a todos los bichos malvados del inframundo pululando a sus anchas por la cocina y el salón. Embrujadas, sí, las del poder de tres. En donde salía Brenda, la de Sensación de vivir. La que tiene un ojo en otra dimensión. Al AMQP le ha dado por revisualizar las ocho temporadas... y así llevamos ya más de un mes. Que mientras tanto, Trasto y Gerundio siguen haciendo pis por media casa. ¡Qué poder de tres ni que gaitas; lo que cuenta es la fregona y punto en boca!


Charmed
Malo malísimo guaperas que anima la serie unas cuantas temporadas
Total, que el sábado, a eso de las 3 de la madrugada, andaba pululando por casa y... ¡Alto! ¿Qué hacía a esas horas pululando? Básicamente, tener un catarro del copón y echar esputos y más esputos por la boca en el cuarto de baño. Entre ataque y ataque de tos, en pleno remover los higadillos más profundos, se escucha un ruído (misterioso, lo que se dice misterioso, no fue) en la cocina. Un clinc. Como un golpecito de cristal. "Jodo, vaya potencia de tos; si hasta he tirado un vaso en la cocina", pensé.

Pues no. Que uno podrá ser potente, pero su tos no mueve vasos.

Al día siguiente (un rato más tarde, no creas, es lo que tiene no respirar y que fueran las tantas de la mañana), dos vasos del fregadero aparecieron rotos. Rotos, rotos. Totalmente partidos. No hechos añicos, pero sí rotos en sentido horizontal en dos partes grandes.

Muy raro, ¿verdad?

El AMQP juraba y perjuraba que él no rompió los vasos al fregar. Y le creo. Yo tampoco fui. Y me cree. Porque romper un vaso, vale, pero dos... Aquí estaba pasando algo...

Lo peor es que, un día después, ya con la mosca detrás de la oreja, atento a los ruidos de la noche, como un ave rapaz... ¡se repite la historia! Esta vez, sólo fue uno de los dos vasos del fregadero, que se agrieto por la parte superior.


¿Será mi fantasma Ainhoa Arteta?

Total, que no hay más que hablar: un ser paranormal se dedica a romperme los vasos por la noche. ¡Tres vasos en dos noches! Ya veo que no me da el sueldo para reponer tanta cristalería, aunque sea del ajuar de regalos del banco.

Así que, ahora que se acerca la noche, me voy a tomar mi pastilla para el catarro. Que hasta que no sea de día, no pienso pisar la cocina. Las fuerzas oscuras me tienen totalmente acorralado.


Acorralado por las fuerzas oscuras; así estoy yo
A ver si los fantasmas y el catarro me dejan vivir.

3 de marzo de 2015

El chef y un postre especial

Todo llega. Hoy sí toca un libro de cocina que hable de cocina. Porque si los dos libros de la entrada anterior tenían algo que ver con la cocina en sus títulos, en cuanto a contenido, muy poco. Un chasco.

Así que vamos a remediar el desaguisado anterior... Con ustedes, El chef, de Simon Wroe. Si un libro titulado El chef no va de cocina, apaga y vámonos, ¿no? Pues sí, aquí sí hay cocina.

Simon Wroe
¿Chef o pescatero?
Esta portada me pone un poco brutote… en fin, a lo que vamos…

El chef es la primera novela de Simon Wroe, un ex-chef, ahora periodista y escritor. Por si no te has dado cuenta, las tres novelas de cocina que llevamos son primeras obras de sus autores. Esto no puede ser casualidad. Iker Jiménez ya está avisado porque esto es muy pero que muy paranormal.

La novela está editada en español por Salamandra, lo que a priori ofrece cierta garantía. Como las buenas prácticas se comparten en seguida (vulgarmente, se copian), la editorial te ofrece aquí la posibilidad de leer las primeras páginas. ¡Bien! Tampoco puede ser casualidad que Salamandra lleve una buena temporada traduciendo las primeras obras de autores anglosajones, intercaladas con sus autores de cabecera (Camilleri, un filón con su Montalbano; los recuperados y fabulosos Marai y Némirovsky). Eso debe ser algún tipo de línea editorial que obedezca a alguna estrategia de mercado del Grupo Planeta. A mí se me escapa porque, a veces, los resultados de las primeras novelas son algo regulares. Y mucho me temo que, con El chef, tenemos un buen ejemplo de ello.

Luca Zingaretti
Este Montalbano es otra buena razón para ver las adaptaciones de la RAI
¿De qué va El chef? Lumbrera, ¿de qué crees que va a ir? ¡Sí! De las cosas que le pasan a un chef y… ¡sorpresa! De las cosas que le pasan en la cocina. Sin necesidad de ir a la Toscana, a la Provenza o al Languedoc. Esta novela transcurre básicamente (pero no exclusivamente) en un restaurante llamado Swan.

El Swan es un restaurante londinense que goza de un éxito considerable. Da la sensación de ser un restaurante de cierto copete, lo que no me termina de encajar con el Camden que uno conoce de su turismo londinense básico. Igual pegaba más en Mayfair, Chelsea o Kensington.

En el Swan trabaja el prota, que es quien narra la novela en primera persona. “Monóculo”, apodo que le ponen sus compañeros (no siempre tan compañeros) de cocina, es muy jovencito, tiene apenas veintipocos años, está recién titulado en la universidad y encuentra su primer trabajo en el Swan, donde empieza haciéndose cargo de los trabajos más ingratos de la cocina (excepto el fregadero, que ya tiene a dos inquilinos fijos), aunque él quiere ser escritor de éxito. Quieras o no, es inevitable pensar en el mismo Wroe como prota.

Simon Wroe
Simon Wroe, que bien podría ser "Monóculo"
Los primeros capítulos del libro, todos con una denominación muy acertada, se suceden a buen ritmo y nos muestran el funcionamiento, muy exigente y estresante, tiránico, de un restaurante de éxito. Si te quejas de tu trabajo, éste te parecerá mucho peor. Así que, ya sabes, virgencita, virgencita, que me quede como estoy. Literalmente, esta gente no tiene vida. Tal vez Simon haya exagerado su cocina porque le da mucho juego, pero no me extrañaría demasiado que novela y realidad no estén muy lejanas.

Capítulo a capítulo, también se ofrecen las historias resumidas de Bob, Dave, Ramilov, Dibden y Harmony, digamos los compis. Aquí no hay nadie normal, por lo visto. También encontrarás un pequeño diccionario culinario que utiliza el personal del Swan, teóricamente encargado por Ramilov. Porque Ramilov y Dave (el racista) supuestamente han revisado el borrador del libro de “Monóculo”. El enfoque es divertido y ocurrente. Hasta aquí, muy recomendable…

Pero… ¿Ya estamos con los peros, Haddoquín? Pues sí.

Hay un pero muy grande. A mitad de libro, las historias del Swan se agotan y ya se ha descrito a todos los personajes. ¿Qué hacer? Empezar a contar la historia personal del prota. Y quien dice historial personal dice drama vital (tranqui, no es un gay que salga del armario; de hecho, ¿para qué te crees que está el personaje femenino de Harmony? ¡Cómo no iba a haber una lofestori!).

La historia del Swan no da más de sí, así que algo le pasa al Swan. Algo muy fuerte, muy fuerte. Y como no quiero arruinarte la lectura de la novela, no te lo voy a revelar; porque soy güeno (¡qué le vamos a hacer!). Pero que sepas que, después de ese algo, el restaurante pasa a ser algo totalmente secundario en la novela y cede todo el protagonismo a la historia-drama personal. Vamos, que la novela deja de ser una novela de cocina. Craso error, Simon.

Si antes del cambio, la funcionaba bien, a partir de este momento, la novela pierde fuelle y el enfoque original que tenía se va al traste; la historia se desinfla como un bizcocho con levadura rancia. Y ya no se recupera, no seas optimista.

¡Qué decepción!
¡Pero qué has hecho, Simón! ¡Craso error! ¡Ni verlo quiero!
La segunda parte de El chef es flojita, muy flojita; hay que reconocerlo. En mi opinión, se debe principalmente a que el amigo Simon no sabe bien cómo terminar y se hace la picha un lío. Si te quieres poner profundo, Simon, escribe otro libro, pero no mezcles cosas. Que siempre se ha dicho que mezclar es mala cosa…

¿Recuerdas que te había dicho ya que era su primera novela? Pues mucho me temo que se nota. Y se nota en esa segunda parte. Una pena porque hasta entonces, la novela estaba bastante bien. Aún así, recomendable.

Ya lo decía Ana Botella: hay cosas que no se pueden mezclar, Simon

Pues vaya chasco más grande, ¿no? ¡Para una novela de cocina que sí va de cocina y se echa a perder! Igual es que la cocina y la literatura se llevan mal; no sé, podría ser. Visualmente es fácil encajar cocina y cine y las pelis de cocina pueden ser muy atractivas e interesantes. Pero en el caso de la letra escrita, las cosas son algo más difíciles, porque despertar el sentido del gusto a través de un texto no lo veo fácil. Seguro que algo tiene que ver.

Sea como sea, como no quiero que te quedes con mal sabor de boca… ¿qué sigue a una buena comida? ¡Un café (o un té Puh Erh con canela o vainilla con leche)!

¡Aquí tienes tu café, obsequio de la casa!

La pirámide del café, de Nicola Lecca, es una novelita que, sin duda, catalogaría como la sorpresa más agradable de la temporada otoño-invierno.

Nicola Lecca
Simpática portada
¿Qué se ve en la portada? Está claro: ¡Londres! ¿Cómo me iba a resistir a una portada como esa? ¡Imposible! La compré pensando que sería algo muy tipo MAEVA, ligera y agradable; algo de eso que se está llamando últimamente literatura para mujeres.

Pues de eso nada, monada.

Sintetizando, diría que La pirámide del café es una fábula moderna. Con unas historias preciosas, muy tierna. Y al mismo tiempo, con unas historias muy duras. Muy reales. Y has leído bien, en plural. Porque en esta novela, breve, hay una historia principal y varias historias pequeñas paralelas.

La historia principal es la de Imi, diminutivo de Imre, un húngaro recién llegado a Londres. ¿Y qué se puede decir de Imi? Que es muy joven, que es muy bueno, que es muy listo, que llega a Londres con toda la ilusión del mundo. Que es muy ingenio. Y que es adorable. Imi encuentra trabajo en una cafetería y... comienzan a pasar cosas. Todo real y próximo, nada te sorprenderá. Y sufrirás con Imi. Por cómo el mundo puede ser cruel con alguien tan bueno y bien intencionado. Porque el mundo ha sido cruel con Imi y se empeña en seguir siéndolo.

Dániel Gyurta
Un joven húngaro en Londres; pero no es Imi, es Daniel
Como el libro es una fábula, se puede permitir acabar bien. Y disfrutarás ese punto optimista, a pesar de todo; de esa justicia universal en la que interviene, ni más ni menos, Margaret Atwood, para poner a todos en su sitio. Un toque humorístico, el de Atwood perfectamente hilvanado con el resto de la novela. Porque la composición de La piramide del café está muy lograda.

Buena parte de ese logro se debe a las múltiples historias que acompañan al relato de Imi. Porque Imi sale, al cumplir la mayoría de edad, de un paupérrimo orfanato en Landor, un pueblo ficticio fronterizo con Austria; pero allí se quedan otros niños, con sus historias, con sus neni cuidando de ellos. Las historias de estos niños son, como te puedes figurar, desgarradoras. Y a pesar de todo, estos niños sueñan: cada uno tiene su sueño, sólo uno, para que se cumpla (el de Imi, ir a Londres); a pesar de la adversidad de esta situación, siempre hay esperanza. Y gracias a las neni, estos niños son felices, ingenuamente. Ya sabes que no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita. Las historias sobrecogen.

De una manera muy lograda (sobre todo si consideramos que también es la primera novela de su autor), Nicola Lecca logra combinar estas historias con las peripecias londinenses de Imi. Logra que la tristeza no se apodere del relato (y hay algunas partes que se las traen) y siempre prevalezca un punto optimista. El final, algo inesperado, es el colofón a una novela muy amena e interesante que, en mi opinión, debería haber recibido más atención.

¿Por qué ha podido pasar desapercibida?

  • Tal vez por una portada que lleva a pensar en una novela ligera, cuando es mucho más que eso.
  • Tal vez por la editorial. La pirámide del café está editada por el sello Alevosía, que no es especialmente conocida (se creó en 2012), a pesar de que su hermana mayor lo es y mucho: Siruela, que te deja leer las primeras páginas -aunque no sean las mejores- para ver qué te parece.
  • Tal vez porque, por increíble que parezca en estos tiempos, está plagada de erratas. No hubiera pasado nada por pasar el corrector ortográfico... Llega a ser algo casi desesperante, aviso. Con suerte hay más ediciones y las corrigen a tiempo.
Lo dicho, la sorpresa positiva de la temporada. Muy recomendable y seguro que te hace reflexionar un poco.

Reflexión
Aquí, de reflexión

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